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Para un enfoque sociocultural de la fiesta brava (bárbara)

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– La Historia Jamás Contada –

Ya he señalado la ausencia en los planes de estudio de Ciencias Sociales, de una asignatura que dé cuenta de los cambios en la forma de vivir de una sociedad a lo largo del tiempo, que tarde o temprano entrará en crisis debido al desfase entre los valores o referencias tradicionales -esto es. que se traen de épocas o generaciones pasadas- y las formas emergentes concretas de relacionarse que adoptan en el presente sus miembros, sea por gusto o necesidad.

Algo así como una sociología en tiempo real más que una antropología de corte esencialista que presuponga una naturaleza específicamente humana que siempre acaba por abrirse paso entre las formas externas adquiridas. ¿Es posible esto? Por supuesto, e incluso ya tiene un nombre dentro del medio académico: HISTORIA DE LA CULTURA, venerable -por su antigüedad- disciplina que la mayoría de la gente, incluida la que posee formación universitaria, ni siquiera imagina.

La visión tradicionalista a ultranza, a la que algunas sociedades parecen ser aficionadas, va construyéndose y consolidándose en la medida que se ignoran sistemáticamente estos pequeños cambios, que a la larga resultan no ser contingentes sino expresión de profundos cambios en el interior tanto de la sociedad como de los sujetos individuales que la componen. Es lo que sucede cuando se presenta una brecha generacional, concepto que se puso de moda en los medios precisamente a partir de la mitad del siglo pasado, por ser los periodistas, en virtud de su profesión, los primeros en reconocerla.

Fue también la época de mi niñez y el principio de la adolescencia, cuando se ponen a prueba las verdades y principios “inconmovibles” de las generaciones pasadas, desde las filosóficas y trascendentes, como la religión y el “civismo” -término bastante engañoso-, pasando por la alimentación y la ropa, hasta las diversiones, como en esa época las corridas de toros, transmitidas con toda regularidad por televisión -como desde antes por radio- los domingos a la hora de la sobremesa, patrocinadas por una conocida empresa vinatera española, antes de que el futbol fuera visto como un GRAN negocio.

Por eso los toros  eran todavía la diversión de nota, el espectáculo que hacía la diferencia entre los de arriba -o que pretendían serlo- y el “medio pelo”, que tenía sus propios desahogos, con la ventaja de los primeros de hacer posible mimetizarse con la clase tradicional de los Señores, descendientes nada menos que de los Conquistadores -aunque de hecho no era así- y sentirse, al menos mientras durara el sangriento espectáculo y el after en la peña o la cantina -que podía ser la de casa, ¿por qué no?-, parte de la ralea esa -¡perdón!, la realeza-: toda una parafernalia de superioridad racial y material de lo que no se era ni se tenía en la mediocre realidad, que no era del todo mala, pero desentonaba en el ensueño colonial de los aspirantes a distinguirse de la masa sin haber desarrollado entretanto los instrumentos materiales, intelectuales, sociales y culturales para lograrlo.

De los años 70 en adelante, este colonial appeal reapareció en la industria turística en las fantasiosas fachadas y decorados de hoteles y restaurantes que recordaban a las posadas, hostales y mesones de la época clásica -también muy idealizadas ésta y aquéllos-, con sus robustos portones de madera maciza y sus herrajes forjados a mano y no troquelados. (Me acordé de la TEORÍA DE LA CLASE OCIOSA, de Veblen.)

Para esos años el Mundo “había crecido” gracias a las telecomunicaciones abiertas y la evolución consecuente de los medios de información y entretenimiento de masas y ya no era más provinciano, como en generaciones anteriores, sino que ofrecía opciones diferentes a las de las corridas y sus parientes “pobres”, como coleaderos, jaripeos, peleas de gallos, etc., que una generación con mayor escolaridad y sensibilidad aprovecharía para divertirse de otra manera, pues no todo tiempo pasado siempre fue mejor.

A propósito, ¿han notado el escalofriante parecido entre el paseíllo con que se inicia una corrida de toros y los autos de fe inquisitoriales, con los condenados, sus verdugos y las Autoridades desfilando antes de las ejecuciones entre la gritería emocionada -excitada- del “respetable” (!!) populacho?

¿Cómo la ven ustedes desde el palco de honor (quizá con doble “r”)?

Fernando Acosta Reyes (@ferstarey) es fundador de la Sociedad Investigadora de lo Extraño (SIDLE), músico profesional y estudioso de los comportamientos sociales.