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La voluntad impenetrable

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El mundo iluminado

La moneda nacional la utilizamos todos los días, pero rara vez nos hemos detenido a observar el diseño que la compone, el cual es preponderantemente simbólico. Los símbolos son representaciones, generalmente visuales, de conceptos complejos; los símbolos son la concreción de aquello que es abstracto, por ejemplo, la idea de Dios, de lo sagrado. La carga significativa de los símbolos no solamente es numerosa, sino que, además, delicada y peligrosa, pues no es necesario que conozcamos el significado del símbolo para que éste tenga una influencia inconsciente en nosotros, pues el símbolo opera igual que un talismán: mágicamente.

Aunque parezca increíble, existe una relación directa entre la violencia y el crimen que se vive en el país y la moneda nacional, específicamente con la moneda de diez pesos mexicanos. ¿Cuántas de las personas que diariamente utilizan esta moneda la comprenden conscientemente? Indudablemente, casi nadie. Se tiene la idea de que esta moneda ostenta el calendario azteca, pero en realidad se trata de una piedra de sacrificio, la cual en su centro muestra el rostro del dios solar Tonatiuh. Es cierto que la moneda contiene alusiones a la leyenda del Quinto Sol y que algunos de sus glifos remiten a los días que tarda el planeta Venus en rodear al Sol, sin embargo, el tema central de esta piedra de sacrificio portátil que los mexicanos llevan en el bolsillo o en la cartera es la muerte, el derramamiento de sangre para el mantenimiento de la vida.

Pero no es el dios Tonatiuh el único símbolo de vida y muerte, pues en la otra cara de la moneda se halla el águila que devora a una serpiente mientras se mantiene en equilibrio sobre un nopal. El símbolo del águila es el que el dios Huitzilopochtli le manifestó a los mexicas cuando encontraron la tierra prometida, aquella en la que habrían de levantar su ciudad para ir a conquistar al resto de los pueblos. Pocos lo saben, pero el lado de la moneda que muestra al águila es el anverso (la cara), mientras que el lado que ostenta a Tonatiuh es el reverso (la cruz); lo mismo ocurre con el resto de las monedas, en las que el símbolo nacional es el anverso.

El simbolismo que subyace en el escudo nacional de las monedas (el águila devorando a la serpiente sobre un nopal) tiene implicaciones solares. El dios Huitzilopochtli le anunció a los aztecas que cuando hallaran su señal dejarían su condición de nómadas para establecerse en su nueva casa, la cual no es otra que el lago de Texcoco, el cual entre los aztecas era conocido como “Meztliapan”, que inexactamente se puede traducir como “el lago de la luna”, pues “Meztli” significa “luna”. Es en este lago en donde los aztecas encontraron al águila, la cual es un símbolo del sol, de Huitzilopochtli, el cual al estar sobre del lago está dando el mensaje de que la luz (el sol), se impone sobre las tinieblas (la luna), lo cual es semejante a decir que el bien se sobrepone al mal. En cuanto al nopal, su simbolismo es más complejo, pues en uno de los mitos de la fundación del pueblo mexica se describe que este nopal crecido en el lago de la luna surgió a partir del corazón del primer hombre sacrificado en esas aguas; el corazón quedó en el fondo del lago y de ahí se erigió el nopal en el que Huitzilopochtli se posaría bajo la forma de un águila. Terminando con el simbolismo, las tunas que crecen en el nopal son representaciones de otros tantos corazones sacrificados para garantizar el mantenimiento de la vida, y la serpiente que perece en el pico del ave es el tiempo y la renovación (por aquello de que cambian de piel).

El psicoanalista Carl Gustav Jung investigó la relación consciente e inconsciente que los hombres mantienen con los símbolos de la cultura. En el caso de la moneda nacional, específicamente la moneda de diez pesos, es innegable que, si los símbolos inciden en nosotros aún cuando desconozcamos sus significaciones, existiría una relación entre la violencia social y la piedra de sacrificio que llevamos frecuentemente con nosotros y que, además, utilizamos para comprar mercancías, como diciendo que nuestra moneda de cambio es el sacrificio, la sangre.

Con respecto al sacrificio en los mexicas, el historiador Alfonso Caso, en su obra El pueblo del Sol, nos dice: «La existencia del pueblo azteca giraba totalmente alrededor de la religión, y no había un solo acto de la vida pública y privada que no estuviera teñido por el sentimiento religioso. La omnipresencia de la religión se debía a que el azteca se sentía ser un pueblo con una misión. El azteca es el pueblo del Sol; su ciudad, Tenochtitlán, se ha fundado en el sitio en que el águila, representante de Huitzilopochtli, se posa sobre el nopal de piedra, en el centro de la isla que estaba en el lago de la Luna. Allí, donde fue arrojado el corazón del primer sacrificado, allí debía brotar el árbol espinoso, el árbol del sacrificio, que representa el lugar de las espinas, Huitztlampa, la tierra del Sol. El pueblo del Sol, conducido por los sacerdotes del dios, se establece en medio del lago de la Luna, y de allí va a emprender su misión, que no es otra sino colaborar por medio del sacrificio humano en la función cósmica. El hombre-estrella que es sacrificado, pintado de blanco el cuerpo y con un antifaz negro, que significa la noche estrellada, irá a reforzar con su vida la vida del Sol. Para el azteca esta vida no es sino un tránsito: “Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar, no es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra”. El indio mexicano es indolente unas veces, activo y enérgico otras, pero siempre estoico, porque la vida del hombre, según piensa, depende de la voluntad impenetrable de los dioses.»

Con la llegada de los españoles, el simbolismo del sacrificio vino a acentuarse aún más, pues de tener a Tonatiuh como representación de la muerte y resurrección del sol, se pasó a tener a un Cristo sangrante y coronado de espinas (como las del nopal), el cual también moría por la vía del sacrificio para garantizar el mantenimiento de la vida. Sabiendo esto, no es extraño que un país como el nuestro ostente la violencia social que vemos todos los días, pues en el bolsillo cargamos a Tonatiuh y en el pecho llevamos una cruz, símbolos de la voluntad impenetrable.

Miguel Ángel Martínez Barradas, académicamente tiene estudios de posgrado en literatura. Profesionalmente se ha dedicado al periodismo, a la edición de textos y a la docencia. Como creador tiene publicaciones en poesía y fotografía. En cuanto a sus intereses investigativos, éstos se centran en la literatura y filosofía grecolatinas; el Siglo de Oro español; el hermetismo; y la poesía hispanoamericana.