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PRINCIPIO DE NO-SUSTITUCIÓN
Por: Rafael Fiscal Flores*
En la
entrega anterior (13) afirmé que la decisión de aplicar tales o cuales
métodos didácticos, es de suyo importante, pero para ser honestos resulta aún
más importante la forma en cómo es aplicado por el profesor al nivel de aula y
de hecho me atrevo a afirmar que ese es el origen del fracaso/éxito de
excelentes alternativas metodológicas didácticas. Dicho en otras palabras,
el problema no es tanto el método, sino la forma en como éste es
operacionalizado en el terreno de los hechos (en clase). Para nadie es un
secreto que profesores calificados de tradicionalistas que no están
actualizados con los últimos adelantos de la didáctica, logran obtener mejores
resultados (que los alumnos aprendan) que aquellos que utilizan lo más novedoso
en el campo de la didáctica.
Lo primero que me viene a la mente es el siguiente
razonamiento: el problema no es el método didáctico por medio del cual el
profesor pretende que yo aprenda, sino, el profesor que con su método cree que yo puedo
aprender. Retomo
nuevamente la afirmación del Dr. Rugarcía, en el sentido de que no hay que
perder de vista que en la búsqueda pretenciosa de encontrar el método más
eficaz, a lo más que podemos aspirar es a “[...] establecer los principios
metodológicos aplicables por los profesores para ir decidiendo qué hacer en sus
cursos, ir estableciendo su método”. Cómo podremos darnos cuenta el centro de
atención es el método del profesor que no al método didáctico que le enseñaron. Es con
el método del profesor con el que los estudiantes se enfrentan día a día (no
con el método didáctico que aprendió el profesor) y que en última instancia es
lo que diferencia a un profesor de otro. Y no podría ser de otra forma, ya que
si un profesor aplica el método que le enseñaron tal cual (como receta)
olvidándose de lo que él es, sencillamente no sería profesor (humano), más bien
tendríamos que llamarle: reproductor, magnetófono, etc. Y, por tanto, desde que
se inventó la imprenta y los reproductores de voz, deberían de haber
desaparecido los profesores, toda vez que no serían necesarios. Todos sabemos
que en la realidad no es así, que las cosmovisiones, percepciones, expectativas
y experiencias van modificando para bien o mal el método del profesor,
reduciendo la práctica educativa del profesor a un conjunto de hábitos,
patrones, actitudes y comportamientos que definen finalmente su práctica
educativa y en cierta medida a él mismo. En
razón de lo anterior, hoy abordaremos lo que se conoce como principios
metodológicos o invariantes metodológicas, que para Fernández (1994:590) son
“[...] una especie de ‘adjetivo’ que, en nuestra descripción de una buena
metodología, debería ser aplicable a cualquier intervención didáctica concreta,
sea cual fuere el componente temático curricular de que se trate y sea cual
fuere el nivel del sistema educativo para el que un currículo académico pueda
estar pensado”. Obviamente Fernández (1994) hace hincapié en que tales
invariantes metodológicas no están de forma alguna desvinculadas de las cuatro
fuentes criterio (contenido temático del área disciplinar, alumnos a los
cuales está dirigido el curso, profesor que se hará cargo de impartir el curso
y el contexto en el cual se desarrollará el curso). Razón por la cual cada
principio o invariante metodológica debera ser entendida su aplicabilidad
teniendo como referente primarios a las fuentes criterio antes citadas
(descritas en la entrega 12). Principo De No-Sustitución. El principio de no-sustitución tiene que ver con
aquellos actos que el profesor debe llevar a cabo de forma que no provoque
deliberada o inadvertidamente, que el alumno sea sustituido o reemplazado (por
el mismo profesor), cuando el alumno perfectamente puede hacerlo por sí mismo
con el objeto de aprender. Este principio es de los más olvidados o
ignorados, en tanto es práctica común de los profesores de cualquier nivel
educativo que de forma deliberada (porque así lo marca el método didáctico, que
no el suyo) o inadvertida (incapacidad técnico-didáctica) sustituir o
reemplazar al estudiante. Es bochornoso la seriedad con que
respetables profesores, desde la enseñanza primaria hasta la universitaria, se
aferran al hecho de considerarse imprescindibles para leerles a los
estudiantes, siendo que por estar escrito, los propios alumnos perfectamente lo
podrían leer. Desperdiciando la oportunidad de dedicarse a deliberar: lo que no se ha entendido de lo leído por los
alumnos, descubrir sus aplicaciones, razonar las implicaciones de su
aplicación, etc. Cuántos cursos inician y terminan entre dictados y sesudas
lecturas del profesor, mientras el alumno escribe lo que el profesor lee pero
que no entiende y menos comprende (si es que antes no se durmió de hastío),
pero ¿quién puede sentirse motivado o entusiamado, para la actividad absurda de
repetir el mismo ritual año con año?. Cuántos profesores en un derroche de
“sabiduría” revisan la libreta de apuntes de sus alumnos, como medida para
evitar que los alumnos falten al curso del profesor, bajo el supuesto de que si
tienen todo el dictado completo, son sujetos de ser tomados en cuenta para
presentar examen, me pregunto ¿examen de qué, acaso será de dictado? Cuántas
veces nos quejamos de los estudiantes que no ponen atención cuando les estamos
leyendo un artículo, o que, no se presentan nuestra clase y los tachamos de
irresponsables, luego cuando se les pregunta porqué no ponen atención o porqué
no se presentan a clase, los estudiantes dan una respuesta que más bien es una
lápida: “no soy fotocopiadora para estar escribiendo todo lo que el profesor
nos obliga a escribir, alguien debe decirle al profesor que hace muchos años se
invento la fotocopiadora y que en la universidad tenemos una”. Los casos se
pueden contar por miles, pero lo único cierto es que los profesores que
olvidamos este principio estamos condenando a los estudiantes a una ignorancia
insultante. A final de cuentas si el alumno ya puede leer por sí mismo ¿porqué el profesor debe de leer por él? La
verdad que no hay respuestas con un mínimo de racionalidad educativa que lo
justifique. Si ignorar que los alumnos ya saben
leer, más grave
resulta ser el que se ignore que el alumno ya tiene conocimientos o saberes
anteriores. Cuantas veces nos encontarmos con profesores que ignoran o
pasan por alto con sigular alegría lo que los alumnos ya saben. Que aún
sabiendo lo ya saben los alumnos dedican tiempo de clase a “repasar” lo que ya
se sabe, incurriendo el despilfarros insultantes con efectos desastros. Algunos
profesores nos empecinamos a seguir al pie de la letra nuestros planes y
programas de curso, olvidándose de que estos instrumentos en el campo educativo
son sólo hipótesis sujetas a comprobar en razón a que la enseñanza es un
proceso dinámico. En tal sentido si el método del profesor no lo impide se está
en condiciones de que: los estudiantes nos puedan comunicar lo que ya saben, de
descriminar lo correcto de lo equívoco (evaluar) puesto que lo saben. Cómo entonces nos extrañamos que los
alumnos no estén motivados para el estudio, que no pongan atención, que se
aburran con la clase, que falten a clase, que falten a sus motivos y razones
por las cuales van a la universidad. La respuesta es una sola, qué no acaso en
razón de sustituir sistemáticamente al alumno como resultado del método del
profesor, lo que estamos logrando es negar los beneficios educativos: de la
resonsabilidad del estudiante, de la inteligencia crítica del alumno que sabe
leer y que por sobretodo no es una vasija vacía, el desarrollo personal del
alumno en el contraste cognitivo y actitudinal, la mejora del autoconcepto del
alumno a través de la percepción de sentirse útil y de ser útil y, el poder que
adquiere el alumno con el saber, etc. Por tanto, es claro que la proxíma vez
que entremos al salón a “dictar” nuestra clase hagamos y veamos al alumno como
sujeto activo y no objeto de nuestro de método. Que no hay forma que nosotros
los profesores les prestemos nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro cerebro,
nuesta boca, nuestra inteligencia a los alumnos y que, por tanto, no podemos ni
debemos deliberada o inadvertidamente sustituir al alumno, él también tiene
oídos, ojos, boca, cerebro e inteligencia, conocimientos. Bibliografía. · Fernández, P. M. (1994). Las tareas de la
profesión de enseñar: práctica de la racionalidad curricular didáctica
aplicable, Madrid: Siglo XXI editores. · Rugarcía, T. A. (1997). La formación de
ingenieros. México: Lupus Magíster. Dar click aquí para consultar revistas educativas.
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