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Miguelito es un guerrero, lo sigue la tropa; recluta en su casa convertida en cuartel. Siempre avizor cuida el castillo que su mente dibuja.   Bajo la mesa y las sillas fabrica trincheras; frente a su casa el campo de guerra donde se arrastra con el casco sembrado de hojas que camuflan su presencia.


Los soldados lo siguen, pecho tierra estropean la hierba. Ante la carga de los gigantes: huyen lagartijas, hormigas, cochinillas, ciempiés. Es inútil los hoyos no fueron  suficientes: la baja es total quedan desechas tras la embestida.


De noche las luciérnagas juegan a ser cielo. El soldadito se tira sobre su espalda, cruza la pierna y descansa, momento de atrapar en un frasco las estrellas.


Miguelito encuentra un tesoro, poseerlo le da más emoción al juego. La caja guarda monedas de plata. Con la mano palpa el alto relieve:


Es un caballero espigado, lleva la espada atada al cinto. No hay que mirarlo para adivinar que el casco es color ocre.


-    ¡Seguro es un capitán!


La mamá de los niños limpia el cuartel, de cuando en cuando se sienta en el borde de la cama, descansa, piensa en sus cuatro hijos, mira al suelo y resuelve en su mente.


-    Dios me de vida para dejarlos grandes, son buenos y quiero que vivan mejor.


Sus ojos se inundan, busca un pañuelo y abre el cajón. La caja de lata con sus monedas de colección ha desaparecido. Revuelve la casa, para ella las monedas en ese momento no tienen valor. La aflige la acción, sus hijos no roban.


Abatida los observa: son incógnita y reproche, le colman la paciencia y el amor, juegan con el viento en la cabeza; el pantalón roto y las orejas llenas de tierra. Piensa en un castigo ejemplar, tiene la certeza de que es un juego más, los reúne en la cocina y enciende la hornilla.


Los niños tiemblan, entrelazan las manos al modo de los prisioneros en la serie de televisión. Están dispuestos a someterse al juicio.


-    ¿quién tomó las monedas? Si no dicen la verdad, tendrán que poner las manos sobre el fuego.


Son soldados, conocen la lealtad.


La madre ordena:


-    Uno a uno pasarán.


Los cuatro muros se convierten en el purgatorio de la inocencia.


Los jueces codician ángeles y los acechan en los rincones, crujen vestidos de trastos. De peltre es la toga y el birrete.
 

 

El más pequeño endereza la cabeza, se muerde los labios y de rodillas pide perdón:


-     ¡Fui yo mamá!